fireworks2

Me dice R. que los textos de fin de año que hay por ahí son tristes y apocalípticos. Vamos a cambiar un poco eso, si es que se puede.

Leyendo todo lo escrito por aquí desde que este espacio tuvo vida inteligente (por decir algo), se me ocurre que hay mucha sangre y, parecería, mucha inmolación, aunque sea figurada. Nada más lejos de la realidad. Nunca he escrito con mayor tranquilidad aquí que durante este 2013.

Finaliza un año llenísimo de cosas con la tremenda suerte de saber que cada vez pasa más gente por aquí, y que quien pasa, lee.

Hoy he encontrado un poema de una escritora que me descubrió K. en abril de 1999, Ruth Padel. Jamás logré encontrar el poema original que copié en una libreta, “Being late to meet you at the station”, una especie de celebración de la anticipación de lo que está por venir. En su defecto, aquí está Time to Fly:

Say goodbye to the might-have-beens –
you can’t step into the same river twice.
You go because hope, need and escape
are names for the same god. You go
because life is sweet, life is cheap, life is flux
and you can’t take it with you. You go because you’re alive,
because you’re dying, maybe dead already. You go because you must.”

Feliz año a todo el mundo, y que sea tiempo de volar.

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Sis

Vosaltres

Anàveu carregats de llavors negres

D’on vau tornar que no vau veure?

D’on vau tornar?

 

Perquè éreu massa a prop de la destrossa

Enlloc se us va sentir la febre de la terra

Enlloc se us va sentir

 

Tranquils

Tranquils vosaltres que diguéreu por

Tranquils que no direu que ho sabreu tot

 

Malaguanyats vosaltres

Agenollats vosaltres

 

Indiferents vosaltres.

 

Ajusticiats aneu als versos,

que és una trampa de la neu

alçada per penjar-hi pell.

 

(Albert Balasch)

Una cita

men

 

“A la cuarta generación de Ralston apenas le quedaban convicciones, salvo un exacerbado sentido del honor para cuestiones privadas y comerciales. Cada día juzgaban a la comunidad y al Estado según lo hiciesen los diarios que, por supuesto, desdeñaban. Los Ralston contribuyeron escasamente a forjar el destino de su país, aunque ayudaron a sufragar la Causa en los tiempos en que hacerlo no resultaba arriesgado. Estaban relacionados con muchos de los prohombres que habían levantado la República, pero ningún Ralston se había comprometido hasta el extremo de asemejarse a ellos (…). Y, pese a todo, a fuerza de ser tan numerosos y semejantes entre sí, habían llegado a tener peso en la comunidad”.

Edith Wharton, La solterona. Traducción de Lale González-Cotta

Carta insepulta

REN-HANG-@-NeochaEDGE-14

Querido, querido mío

No lo entenderán. Nadie lo entenderá.

La vemos ahí, cubierta de cal, tiritando todavía, con las uñas aún pintadas de rojo y él y yo tampoco lo entendemos. ¿Cómo pudo ser? Nos lo decimos desde la madrugada, y nos miramos, incrédulos. Y aún así, ahí está. Es cal pero parece rocío.

Yo intento no fijarme. Vamos a hacer el aperitivo, compramos fruta en el mercado, pero ahí está. Qué quieres que te diga, al final molesta. Resulta cansina, siempre con esas uñitas, implorando.

Querido, hemos vuelto al pueblo. Nos vemos en breve.

Sigue con salud

L.

audio: Bailando (Astrud)

.por encima del asfalto.

ultracuerpos
Hay quien sabe y hay quien aprende.

Y después está quien brilla, quien, haga lo que haga, al entrar en una habitación, cambia la atmósfera, la enrarece, la aclara o, simplemente, la modifica. Quien tiene el cuerpo, la cara y la manera de moverse de un personaje de película, novela o poema épico. O quien sabe pensar, escribir, cantar, bailar, llorar. Quien muerde, siente, identifica, escupe.

Luego está quien no aprende nada y señala con el dedo las acciones y los pensamientos de los demás.

las cosas que perdimos en el fuego

¿te lo he contado alguna vez? Seguro que sí. Siempre acabo contando lo mismo: yo me subí al Banco de España, hace tres años. Era un mayo como este, y todavía trabajábamos en otra cosa. No teníamos rutina, ni tú, ni yo, ni él, como ahora pero con más pasta y con una idea de futuro, muy raro, muy raro que casi ni nos acordemos. Te hablo de una época en la que nos comíamos las flores que nos regalaban, y tomábamos copas porque sí. Ese día subí al banco de España, acompañada por uno  que se cameló al portero, tendrías que habernos visto, hace tres años alternábamos las cervezas con el café solo, así íbamos, aún no se nos iban para atrás los ojos hasta quedarse blancos, como cuando los japoneses hacen seppuku. Subimos hasta el final de trayecto del ascensor, y él me agarró del brazo porque yo tenía vértigo, vi toda la ciudad, pequeña y marrón, y después bajamos lentamente, dilatando el momento, hasta que no pudimos más y creo que se echó a llover, no me acuerdo, hay muchas cosas de las que me he olvidado porque pasaban demasiadas.

Otro día fuimos a esa cafetería, esa de ahí, y pedimos todas las bebidas de la carta y después bailamos entre las mesas. Un margarita a las doce del mediodía. Y luego un bolero. Un pacharán. Y luego Los Panchos. Y la una y las dos y las tres de la tarde. Y así hasta que no vimos nada de lo que había alrededor. En ese momento podíamos elegir y lo queríamos todo. Así nos fue, claro.

También subimos a ese barco oxidado, el del fondo, y miramos como se iban los turistas del puerto, esas cosas hacíamos, como adolescentes, como tontos, como enamorados, aunque no lo estábamos, o sí, no sé, no te sabría decir. Cruzamos el puente, olía a higuera, a sardinas, a todas esas cosas a las que huele cuando uno está bien, o está enfermo, o al menos no está muerto porque las cosas huelen. Así éramos, así nos iba. Hoy durante un momento me he acordado de todo aquel vocabulario que perdimos, los vasos de cristal a mediodía, el jazmín, las tardes sin hacer nada y sin culpa, solo viviendo. No me hagas hablar de lo de después. De lo otro no quiero hablar.

Story received, story included

“I’ve been rereading your story. I think it’s about me in a way that might not be flattering, but that’s okay. We dream and dream of being seen as we really are and then finally someone looks at us and sees us truly and we fail to measure up. Anyway: story received, story included. You looked at me long enough to see something mysterious under all the gruff and bluster. Thanks. Sometimes you get so close to someone you end up on the other side of them.”

Richard Siken

Irse de la fiesta

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“I applied for the University of Life. Didn’t get the grades.”
Starter for ten, David Nicholls.

Mi teléfono vibra. Es un mensaje de K. “Por fin, joder. Por fin alguien ha escrito este libro”. Sonrío. Estoy en un autobús, luce el sol. Intento imaginar a K. escribiéndome ese mensaje desde su casa, al norte de Londres, con su bebé recién nacido. Me pregunto si hoy en Kentish Town lucirá el sol. K. ha usado un “joder”, y durante un rato no puedo sobreponerme, porque K jamás suelta un taco, así que debe estar realmente emocionada tras haber leído Starter for ten, el libro que le recomendé la última vez que hablamos. Cuento los meses que hace que no nos vemos. La última vez fue durante unas jornadas que la trajeron a Barcelona. La vez anterior fue después de su boda. Recuerdo mi traje de dama de honor. Me río en voz alta y la señora mayor que hay en mi autobús me mira con curiosidad. Pienso en K y en si le parecería una señora típicamente catalana, y si mi amiga estuviera aquí, a la señora le parecería típicamente irlandesa.

Starter for ten es el libro que K y yo siempre quisimos leer, o más bien, el que siempre quisimos escribir. Narra la vida de Brian Jackson, un estudiante en una ciudad inglesa a mediados de los ochenta, en pleno thatcherismo. Evidentemente, se emborracha hasta perder el sentido todo el rato, no come nada que contenga vitaminas, se enamora de las personas inadecuadas y cree que va a tener la gran experiencia reveladora que le cambiará la vida en cuanto pise un aula. Es desternillante y avergonzante a la vez. Es desternillante porque realmente es gracioso: Brian intentando ser comunista pero no demasiado para molarle a Rebecca Epstein, Brian poniéndose exfoliante facial con olor a melocotón antes de una cita, Brian sufriendo, básicamente, sufriendo por todos nosotros. Y es avergonzante por TODO aquello que uno hizo que es exactamente igual a lo que hace Brian TODO EL RATO a lo largo de la novela. Porque es tan fácil reconocerse en Brian que David Nicholls, el autor, logra que parezca fácil haber escrito el libro. Y ahí está el truco: cuando algo parece tan fácil, es bueno.

Recuerdo haber hablado con el autor sobre lo que significó quedarse en la ciudad dónde estudió demasiado tiempo. “Es como quedarse en una fiesta cuando toda la gente que te interesaba ya se ha ido”, dijo.

Sí, pienso. Irse de una buena fiesta cuando está en su apogeo es memorable. Y ahí vuelven infinidad de bromas privadas que no tienen nada que ver con mi trayecto en autobús en una Barcelona soleada y le contesto a K.: “¡Qué bien que te guste!”, y dejo para otro día acordarme de verdad.

(para Katherine, Roberto, Simon, Peter, Cristina, Nina, Jeff, Angelina, Caroline, Magali y Dan).

Audio: The Everlasting

Un lapsus

Soñé que ella era más joven y se había curado. Duró un segundo.

En mi sueño ella ya no tenía el pelo corto y ralo, su nariz era larga y estaba llena de pecas y sus ojos ya no eran de ese verde cenagoso, sino azules como el cielo.
Soñé que me contaba como había dejado de estar enferma, y me describía exactamente cuando había dejado de sentir dolor. “Pálpame el abdomen”, decía, y su rostro era puro y transparente, y sus manos ya no tenían surcos y su voz era dulce.

Soñé eso y me libré de la culpa, pude verla como una persona entera, libre, fuerte, y en esa extrañeza me desperté y yo volví a ser yo, una asesina.

Soñé que ella estaba bien y me alegré. Yo, que le había causado la muerte. Yo, que la había matado.