We’ve made a graveyard out of the bone white afternoon

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You saved my life he says I owe you everything.

You don’t, I say, you don’t owe me squat, let’s just get going, let’s just get gone, but he’s

relentless,

keeps saying I owe you, says Your shoes are filling with your own damn blood,

you must want something, just tell me, and it’s yours.

But I can’t look at him, can hardly speak,

I took the bullet for all the wrong reasons, I’d just as soon kill you myself, I say.

You keep saying I owe you, I owe… but you say the same thing every time.

Let’s not talk about it, let’s just not talk.

Not because I don’t believe it, not because I want it any different, but I’m always saving

and you’re always owing and I’m tired of asking to settle the debt.

Don’t bother.

You never mean it anyway, not really, and it only makes me that much more ashamed.

There’s only one thing I want, don’t make me say it, just get me bandages, I’m bleeding,

I’m not just making conversation.

There’s smashed glass glittering everywhere like stars. It’s a Western, Henry,

it’s a downright shoot-em-up. We’ve made a graveyard out of the bone white afternoon.

It’s another wrong-man-dies scenario

and we keep doing it, Henry, keep saying until we get it right…

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La reina Joan Didion

Algo imperdonable en la edición de “El Nuevo Periodismo” de Tom Wolfe en español es que era muy corta. Una de las razones es que se prescindió de varios de los reportajes de la edición original. La segunda cosa imperdonable es que se prescindió de “Some Dreamers of the Golden Dream”, que sí estaba en la edición estadounidense.

Ahora llega una selección de la mejor obra de una de las cronistas más interesantes de los últimos cincuenta años, bajo el título de Los que sueñan el sueño dorado. Una obra llena de amor, muerte y gótico californiano. Un libro poblado de reinas de la belleza asesinas, adolescentes desaparecidos y yonquis de catorce años que desfilan bajo el ojo punzante de quien sabe describir dando el justo balance: una narradora a veces presente como protagonista, a veces meramente como observadora, siempre fría como el témpano.

Del análisis político de la era Reagan (“una era más que militar, paramilitar, una pura cuestión de hablar como tipos duros”),  a una clásica descripción de Los Ángeles en los sesenta (“¿Dónde estás? / -En un piano bar de Encino-digo yo. / -¿Por qué?-me dice él/ -¿Por qué no?- le digo yo”), pasando por el metaperiodismo de “Sobre tener un cuaderno de notas” (“Creo que siempre es aconsejable mantener una relación cordial con la persona que éramos en el pasado”).

Pero como en esta vida siempre hay que elegir, la joya de la corona para mí es el inicio de “Los que sueñan el sueño dorado”. Por hacerle caso a la propia autora, recuerdo -cordialmente- leer ese texto con veinte años como si fuera una sacudida, un escalofrío. Ese escalofrío que siempre produce lo mejor en la vida.

Esta es una historia de amor y de muerte en la tierra dorada, y empieza hablando del paisaje mismo. El Valle de San Bernardino queda solo a una hora al este de Los Angeles, saliendo por la autopista de San Bernardino, pero en cierta manera es un lugar foráneo: no es la California costera con sus crepúsculos subtropicales, y sus brisas suaves procedentes del Pacífico, sino una California más áspera, hechizada por el Mojave, que se extiende justo al otro lado de las montañas a más de ciento cincuenta kilómetros por hora y aúlla en las barreras de eucaliptos y te crispa los nervios. Octubre es el peor mes para el viento, el mes en que cuesta respitar y las colinas se incendian de forma espontánea. Lleva sin llover desde abril. Cuando uno habla, parece que grite. Es la época del año en que el viento trae los suicidios y los divorcios y una sensación de espanto”.

Después vi la pinta que tenía Didion fumando frente a un deportivo. Leánla si pueden.