La intimidad y la hoguera

Te molesta que hablemos desde el yo, eh, moderno. Ya lo he visto. Ya me he dado cuenta.

No te gusta que contemos “nuestras cositas”, que demos rienda suelta a la risa o al dolor. Te parece frívolo. Te parece impúdico. No acaba de molar.

Este mero texto ya te incomoda, lo sé. Implica exposición y eso te pica porque parte de la idea que vas a leer algo que aún no sabes si quieres leer. Te burlarás.

Te molestan las historias personales como manera de narrar una realidad, cuando todos sabemos que son la base de todo lo que nos rodea. Te molestan y sin embargo, no puedes permitírtelo, porque hace tiempo que las historias, nuestras cositas, forman parte de un universo que te es cercano. Ya no vale mirar desde la atalaya, ya no sirve únicamente contar desde la distancia irónica de un rey sol, tú, con tu peluca empolvada, tú, llenándote de referentes que van cambiando por temporadas, conceptos que supuestamente te alejan de todo lo que pasa ahí, que es aquí al lado en realidad. Pobre, crees que eres el único que sabe. Peor: crees que los objetos perecederos, el sarcasmo vital y todas esas palabras te salvarán de lo que viene. Te equivocas.

Todas esas cosas que perdimos en la hoguera. Todas esas cosas ya no vuelven.

A ti también te molesta que hablemos desde el yo, eh, teórico. Te molesta la historia de la chica que habla de cuidar a sus hijas sin ayuda, la de la que frivoliza sobre su vida sexual, la del tipo que narra el empobrecimiento del sector cultural desde su propio caso. Te molesta esa columna tierna sobre la amistad, la crónica del despido, el relato de la impunidad de un jefe en el trabajo, la narración de un sentimiento a partir del diario íntimo. Pero tu posición también es complicada, porque es peor: es cobarde. Teóricamente -oh, teórico-, estás de nuestro lado. Compartimos batalla. En cuanto toda esta narración se reviste de conceptos te llenas la boca de épica de la fraternidad. Pero, ¿qué pasa con lo íntimo? Ahí no valoras. Te molesta la exposición, expresas una sonrisa condescendiente y lo reduces a sentimentalismo, a un caso personal, una mera patochada. “Les pierde el ego”, dices, de todas esas historia, como si tuviera algo que ver, como si contar no fuera necesario. Pides datos, y aunque estén, los desdeñas. Porque lo que te molesta es el yo.

A ambos os molesta, pero no os dais cuenta de que así, precisamente, se construye otra manera de contar lo que nadie está contando. No os dais cuenta de que en esta debacle cada caso abre una ventana. Porque cada caso es propio, pero no único, y ahí reside su fuerza. Es lo que distingue el daño colateral del asesinato. Es lo que diferencia un banco malo de una estafa. Es la diferencia entre un coito y el polvo que echaste ayer. Lo primero es un eufemismo contra lo físico. Lo segundo te cuenta una historia, lo personal te abofetea y te impide ser aséptico ante los cadáveres, pero también ante el deseo furibundo. Cada testimonio te enfrenta a la belleza de poder explicar las cosas y hacerlas sentir al prójimo. ¿Cómo está Turquía hoy a mediodía? ¿Sientes el sabor de la sangre? Cuéntame, por favor, de qué hablamos cuando hablamos de abortar, pero también cuando hablamos de cultura, de literatura, de música, de arte, de un bosque, de todo lo que hay ahí fuera.

Mañana, cuando no queden más que cáscaras pulverizadas contra el suelo, nos encontraremos. Y te preguntaré cómo estás y me contarás tu historia. Enfrentado a la intimidad propia, deberás hacerlo. En el fondo todos estamos juntos, del mismo lado. Al otro lado sólo está la hoguera.

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las cosas que perdimos en el fuego

¿te lo he contado alguna vez? Seguro que sí. Siempre acabo contando lo mismo: yo me subí al Banco de España, hace tres años. Era un mayo como este, y todavía trabajábamos en otra cosa. No teníamos rutina, ni tú, ni yo, ni él, como ahora pero con más pasta y con una idea de futuro, muy raro, muy raro que casi ni nos acordemos. Te hablo de una época en la que nos comíamos las flores que nos regalaban, y tomábamos copas porque sí. Ese día subí al banco de España, acompañada por uno  que se cameló al portero, tendrías que habernos visto, hace tres años alternábamos las cervezas con el café solo, así íbamos, aún no se nos iban para atrás los ojos hasta quedarse blancos, como cuando los japoneses hacen seppuku. Subimos hasta el final de trayecto del ascensor, y él me agarró del brazo porque yo tenía vértigo, vi toda la ciudad, pequeña y marrón, y después bajamos lentamente, dilatando el momento, hasta que no pudimos más y creo que se echó a llover, no me acuerdo, hay muchas cosas de las que me he olvidado porque pasaban demasiadas.

Otro día fuimos a esa cafetería, esa de ahí, y pedimos todas las bebidas de la carta y después bailamos entre las mesas. Un margarita a las doce del mediodía. Y luego un bolero. Un pacharán. Y luego Los Panchos. Y la una y las dos y las tres de la tarde. Y así hasta que no vimos nada de lo que había alrededor. En ese momento podíamos elegir y lo queríamos todo. Así nos fue, claro.

También subimos a ese barco oxidado, el del fondo, y miramos como se iban los turistas del puerto, esas cosas hacíamos, como adolescentes, como tontos, como enamorados, aunque no lo estábamos, o sí, no sé, no te sabría decir. Cruzamos el puente, olía a higuera, a sardinas, a todas esas cosas a las que huele cuando uno está bien, o está enfermo, o al menos no está muerto porque las cosas huelen. Así éramos, así nos iba. Hoy durante un momento me he acordado de todo aquel vocabulario que perdimos, los vasos de cristal a mediodía, el jazmín, las tardes sin hacer nada y sin culpa, solo viviendo. No me hagas hablar de lo de después. De lo otro no quiero hablar.