Del Paralelo y el puerto

Un breve inciso

En los últimos meses Barcelona está cambiando mucho. Igual a usted no le parecerá, si es de los que cree que el mayor cambio que ha vivido la ciudad hasta ahora fue el hito -o desastre, según el carácter ideológico-, que supusieron las olimpiadas en 1992, la marca indisoluble de un antes y un después en la ciudad. Pero así es: Barcelona está cambiando mucho. Quizás no a simple vista, es cierto. Pero sí en ciertos parámetros fundamentales, que acabarán -como acaba todo- permeando a lo físico.

Mientras usted lee y mientras yo escribo -en este plano temporal variable que nos relaciona a los dos-, en Barcelona hay alguien dividiendo el asfalto, los barrios y los despachos en “esto para ti” y “esto para mí”. Barcelona, mientras ustedes y yo hacemos nuestras cositas, está siendo repartida como un melón maduro. A eso se le llama “cambio de sistema político”. Y hacía muchísimo tiempo que no afectaba a la ciudad como lo hará.

Porque, por si usted ha estado desconectado del mundanal ruido que representa la política y la realidad local, en Barcelona hemos vivido unas elecciones. Y cuando unas elecciones implican un cambio de gobierno en el Ayuntamiento, la Generalitat y la Diputación -los tres nodos que determinan la vida política de los barceloneses, en mayor o menos medida-, lo acabamos notando todos.

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Homenaje a la traducción de MML

El suelo de la librería es de madera. Quedan pocos suelos de madera en las librerías, pienso. Casi nadie se decanta por suelos de madera en una librería ahora porque se cree que el crujir distrae al potencial cliente. Tonterías. Precisamente ese es el sonido que te acerca al libro. Ese y el acompasamiento de otro lector que, cerca de uno, examina en una estantería los lomos de los ejemplares. Cuando tú te mueves el otro lector se mueve. Chocas. Pides disculpas, silenciosamente. Te duele la nuca de leer lomos de lado. Todas esas cosas son las que hacen de una librería, una librería.

También hay cosas que te acercan a la literatura.

De todas esas cosas, casi nunca un acto literario forma parte de ellas. Lamentablemente. Los cócteles de presentaciones de libros sirven para ver cómo visten unas y a quién se arriman otros. Los premios literarios hacen la función de sacar a la luz rumores sobre sustanciales adelantos y quinielas malpensadas sobre los triunfadores y perdedores. Las fiestas editoriales sirven para promocionar a la casa. Pero literatura, poca.

La excepción fue un acto literario en una librería con suelo de madera. La excepción fue el homenaje al traductor Miguel Martínez Lage, fallecido el pasado abril. Allí estaban sus amigos, compañeros de profesión, colaboradores habituales y compinches.

Estaba Enrique Vila-Matas, que habló de la amistad, Samuel Johnson y de un cuento de Juan Benet, en el que un joven siempre se va de una conferencia antes de que esta acabe y el que la da nunca sabe como acabarla. Habló de la llamada “intriga de las naranjas” de Johnson, dónde hay un secreto que concierne a las mondas de naranja y a la mermelada de naranja que es imposible reproducir aquí pero que en el libro se entiende perfectamente, especialmente si lees a Boswell. Leyó un preciosísimo poema de Rimbaud: “tendré oro, seré ocioso y brutal”.

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Idiocracia local

Una de las películas más aterradoras que he visto nunca es una supuestamente estúpida comedia estadounidense. Contrariamente a lo que ustedes puedan pensar, no se trata de una comedia romántica con Justin Bieber-aunque podría ser-, sino Idiocracia, un filme de 2006 dirigido por Mike Judge e interpretado por Luke Wilson y Maya Rudolph. En la película, dos voluntarios de un experimento científico son criogenizados con la intención de ser devueltos a la vida un año después, Por circunstancias ajenas a la voluntad de todos, permanecen congelados no un año, sino quinientos. Al despertar, las cosas han cambiado mucho: la evolución natural del ser humano no ha ido hacia conservación de los más inteligentes, como podríamos pensar, sino de los más estúpidos. Y como sobreviven los más estúpidos, en la película no hay nada más que comida basura, televisión espectáculo y un presidente completamente absurdo, entre gladiador y chiflado total.

No sean mal pensados, no estoy haciendo una comparativa entre una distopía futurista estadounidense y nuestro gobierno actual. Que este es un diario progresista, pero es un periódico responsable, ante todo.

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El futuro en nueve pasos

Hola. Soy Lucía y vengo desde el futuro. No llevo el detergente, me lo he dejado. Ustedes leen esto el 2 de enero, pero yo llego desde diciembre de 2012 para resumirles un poco cómo está la cosa. ¿Qué como he logrado viajar en el tiempo? No se preocupen, es algo relacionado con el Bosón de Higgs. Muy complicado. Otro día lo hablamos.

Lo importante no es eso. Lo importante es que he visto el futuro y vengo aquí a dar unas cuantas pistas de qué es lo que podemos esperar en Catalunya en este año que ustedes aún no han vivido.

1. La sanidad dejará de existir como tal. Lo siento, es así. Ustedes creen que ahora la cosa está un poco mal, pero andan equivocados. No es que desaparezca la consejería, sino que lo que desaparecerá del todo es el concepto de la sanidad. Pero quédense tranquilos: las enfermedades seguirán aquí. Que 2012 aprieta pero no ahoga.

2. En una tónica más frívola, estamos de enhorabuena. Dejaremos de lado el gintonic durante una buena temporada y entrará el vodka con fuerza como nueva bebida para las noches catalanas. Se acabaron las discusiones sobre pepinos y destilerías anglosajonas. Ahora hablaremos de patatas polacas, hierbas finlandesas y aromas rusos. Solo o con tónica. Pero toca cambiar.

3. Para los amantes del urbanismo, un apunte: tras tanto ir y venir, tras tanta polémica, la plaza Catalunya finalmente encontrará su razón de ser y será destinada a la construcción de un fuerte armado y una estatua ecuestre para nuestro Pep Guardiola. Se le realizarán ofrendas todos los días que haya partido y sonará, perpetuamente, como hilo musical la versión de “La Gent Normal” de Manel.

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