Galaxias peinadas por el viento

 

la foto (65)

o llegar al lugar adecuado, en el momento justo.

Escrito esta semana:

-Sobre Miranda Sawyer, Hadley Freeman, Julie Burchill y las chicas, por fin.

Seguimos avanzando hacia Detroit.

Leído esta semana:

-Carta a una desconocida, Stephan Zweig

-Montañaislaglaciar, VVAA

-Smile or die, Barbara Ehrenreich

Bailado esta semana:

Juanito Alimaña, con mucha maña llega al mostrador

Citado esta semana:

yo recogí del polvo unos cuantos nombres
Por esas sílabas caídas
granos de una granada cenicienta
juro ser tierra y viento
remolino
sobre tus huesos

(Viento Entero, Octavio Paz)

 

 

 

Una de fantasmas en plan bien

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Como bien decía J. ayer, las casualidades no existen. Un día se te cae el móvil al suelo, se te va la información al carajo, y cuando lo cambias forzosamente por otro, aparecen un montón de fotos de hace unos años.

Cuando yo tenía otro blog, un protoblog de éste, teníamos -y pluralizo porque éramos varios los que jugábamos a eso desde aquel espacio que nunca fue sólo mío- una tradición anual que consistía en colgar para el día de mi cumpleaños las fotos que encontraba en el móvil, y narrar así, lo mejor y lo peor del año. Después dejé de hacerlo, no sé por qué, o más bien sí lo sé y ya da igual.

Anoche (¡en mi móvil nuevo!) aparecieron unas fotos de 2009, y con ellas una bocanada: el hervidero de editores, el carmín rojo en los labios, el concierto de Vilanova, la furgoneta en la campiña inglesa.

A veces pasa tanto el tiempo que vuelves a un estado anterior, pensé. A un estado bastante feliz.

Leído esta semana:

Spectacle and Terror, Julian Stallabrass

The Colour of Memory, Geoff Dyer

Visto esta semana:

Detropia

Escrito esta semana

Cómo está el patio y tal

Bailado esta semana

Si no es por mí (repartirías), Carlos Berlanga

Cita de la semana:

“[…] mai més no hi ha hagut dàlies en aquesta panera. A vegades, quan hi ha massa herba, l’arrenco i cavo una mica de terra perquè no faci lleig i si veig dàlies en un aparador em ve com una mena de mareig i tinc ganes de vomitar… Dispensi.”

«La sang», Mercè Rodoreda.

Carta insepulta

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Querido, querido mío

No lo entenderán. Nadie lo entenderá.

La vemos ahí, cubierta de cal, tiritando todavía, con las uñas aún pintadas de rojo y él y yo tampoco lo entendemos. ¿Cómo pudo ser? Nos lo decimos desde la madrugada, y nos miramos, incrédulos. Y aún así, ahí está. Es cal pero parece rocío.

Yo intento no fijarme. Vamos a hacer el aperitivo, compramos fruta en el mercado, pero ahí está. Qué quieres que te diga, al final molesta. Resulta cansina, siempre con esas uñitas, implorando.

Querido, hemos vuelto al pueblo. Nos vemos en breve.

Sigue con salud

L.

audio: Bailando (Astrud)

Esta semana

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Citado esta semana:

“De vez en cuando debe haber alguien que diga lo que piensa y lo que ha visto de manera inmoderada, con escándalo y con rabia, por mucho que la vehemencia con que lo haga le devalúe académicamente o le haga políticamente inservible. Qué se le va a hacer.”
Manuel Delgado, La ciudad mentirosa

Escrito esta semana:

Más aquí sobre el compromiso y el oportunismo.

También aquí sobre los ponies en sus jaulas y el expolio nuestro.

Leído esta semana:

‘Todas las historias de amor son historias de fantasmas’, de D. T. Max un extracto aquí.

«I dream of Zenia with the bright red teeth», de Margaret Atwood. Por fin, por fin, por fin llegó la continuación de mi libro favorito.

Bailado esta semana:

Te sienta bien el sol/ te sienta bien ser cool (Satánico Dr Cadillac)

y un recuerdo muy especial para los chicos del barrio chungo.

.por encima del asfalto.

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Hay quien sabe y hay quien aprende.

Y después está quien brilla, quien, haga lo que haga, al entrar en una habitación, cambia la atmósfera, la enrarece, la aclara o, simplemente, la modifica. Quien tiene el cuerpo, la cara y la manera de moverse de un personaje de película, novela o poema épico. O quien sabe pensar, escribir, cantar, bailar, llorar. Quien muerde, siente, identifica, escupe.

Luego está quien no aprende nada y señala con el dedo las acciones y los pensamientos de los demás.

La intimidad y la hoguera

Te molesta que hablemos desde el yo, eh, moderno. Ya lo he visto. Ya me he dado cuenta.

No te gusta que contemos “nuestras cositas”, que demos rienda suelta a la risa o al dolor. Te parece frívolo. Te parece impúdico. No acaba de molar.

Este mero texto ya te incomoda, lo sé. Implica exposición y eso te pica porque parte de la idea que vas a leer algo que aún no sabes si quieres leer. Te burlarás.

Te molestan las historias personales como manera de narrar una realidad, cuando todos sabemos que son la base de todo lo que nos rodea. Te molestan y sin embargo, no puedes permitírtelo, porque hace tiempo que las historias, nuestras cositas, forman parte de un universo que te es cercano. Ya no vale mirar desde la atalaya, ya no sirve únicamente contar desde la distancia irónica de un rey sol, tú, con tu peluca empolvada, tú, llenándote de referentes que van cambiando por temporadas, conceptos que supuestamente te alejan de todo lo que pasa ahí, que es aquí al lado en realidad. Pobre, crees que eres el único que sabe. Peor: crees que los objetos perecederos, el sarcasmo vital y todas esas palabras te salvarán de lo que viene. Te equivocas.

Todas esas cosas que perdimos en la hoguera. Todas esas cosas ya no vuelven.

A ti también te molesta que hablemos desde el yo, eh, teórico. Te molesta la historia de la chica que habla de cuidar a sus hijas sin ayuda, la de la que frivoliza sobre su vida sexual, la del tipo que narra el empobrecimiento del sector cultural desde su propio caso. Te molesta esa columna tierna sobre la amistad, la crónica del despido, el relato de la impunidad de un jefe en el trabajo, la narración de un sentimiento a partir del diario íntimo. Pero tu posición también es complicada, porque es peor: es cobarde. Teóricamente -oh, teórico-, estás de nuestro lado. Compartimos batalla. En cuanto toda esta narración se reviste de conceptos te llenas la boca de épica de la fraternidad. Pero, ¿qué pasa con lo íntimo? Ahí no valoras. Te molesta la exposición, expresas una sonrisa condescendiente y lo reduces a sentimentalismo, a un caso personal, una mera patochada. “Les pierde el ego”, dices, de todas esas historia, como si tuviera algo que ver, como si contar no fuera necesario. Pides datos, y aunque estén, los desdeñas. Porque lo que te molesta es el yo.

A ambos os molesta, pero no os dais cuenta de que así, precisamente, se construye otra manera de contar lo que nadie está contando. No os dais cuenta de que en esta debacle cada caso abre una ventana. Porque cada caso es propio, pero no único, y ahí reside su fuerza. Es lo que distingue el daño colateral del asesinato. Es lo que diferencia un banco malo de una estafa. Es la diferencia entre un coito y el polvo que echaste ayer. Lo primero es un eufemismo contra lo físico. Lo segundo te cuenta una historia, lo personal te abofetea y te impide ser aséptico ante los cadáveres, pero también ante el deseo furibundo. Cada testimonio te enfrenta a la belleza de poder explicar las cosas y hacerlas sentir al prójimo. ¿Cómo está Turquía hoy a mediodía? ¿Sientes el sabor de la sangre? Cuéntame, por favor, de qué hablamos cuando hablamos de abortar, pero también cuando hablamos de cultura, de literatura, de música, de arte, de un bosque, de todo lo que hay ahí fuera.

Mañana, cuando no queden más que cáscaras pulverizadas contra el suelo, nos encontraremos. Y te preguntaré cómo estás y me contarás tu historia. Enfrentado a la intimidad propia, deberás hacerlo. En el fondo todos estamos juntos, del mismo lado. Al otro lado sólo está la hoguera.

Publicado aquí

las cosas que perdimos en el fuego

¿te lo he contado alguna vez? Seguro que sí. Siempre acabo contando lo mismo: yo me subí al Banco de España, hace tres años. Era un mayo como este, y todavía trabajábamos en otra cosa. No teníamos rutina, ni tú, ni yo, ni él, como ahora pero con más pasta y con una idea de futuro, muy raro, muy raro que casi ni nos acordemos. Te hablo de una época en la que nos comíamos las flores que nos regalaban, y tomábamos copas porque sí. Ese día subí al banco de España, acompañada por uno  que se cameló al portero, tendrías que habernos visto, hace tres años alternábamos las cervezas con el café solo, así íbamos, aún no se nos iban para atrás los ojos hasta quedarse blancos, como cuando los japoneses hacen seppuku. Subimos hasta el final de trayecto del ascensor, y él me agarró del brazo porque yo tenía vértigo, vi toda la ciudad, pequeña y marrón, y después bajamos lentamente, dilatando el momento, hasta que no pudimos más y creo que se echó a llover, no me acuerdo, hay muchas cosas de las que me he olvidado porque pasaban demasiadas.

Otro día fuimos a esa cafetería, esa de ahí, y pedimos todas las bebidas de la carta y después bailamos entre las mesas. Un margarita a las doce del mediodía. Y luego un bolero. Un pacharán. Y luego Los Panchos. Y la una y las dos y las tres de la tarde. Y así hasta que no vimos nada de lo que había alrededor. En ese momento podíamos elegir y lo queríamos todo. Así nos fue, claro.

También subimos a ese barco oxidado, el del fondo, y miramos como se iban los turistas del puerto, esas cosas hacíamos, como adolescentes, como tontos, como enamorados, aunque no lo estábamos, o sí, no sé, no te sabría decir. Cruzamos el puente, olía a higuera, a sardinas, a todas esas cosas a las que huele cuando uno está bien, o está enfermo, o al menos no está muerto porque las cosas huelen. Así éramos, así nos iba. Hoy durante un momento me he acordado de todo aquel vocabulario que perdimos, los vasos de cristal a mediodía, el jazmín, las tardes sin hacer nada y sin culpa, solo viviendo. No me hagas hablar de lo de después. De lo otro no quiero hablar.

Algarrobo

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Alguien me avisó una vez que si te sitúas al nivel del asfalto acabarás comiendo grava. Cómo comparar el mármol al molde de yeso. Golpe de remo. «Eso pasa por el hambre, que acabáis todos mascando puro alquitrán».

 Y por no atreverse a volar, pobrecitos, convertidos en algarrobos, chatos contra el suelo.   Ahora, ya tiempo después, veo el algarrobo, tan chico, tan poquita cosa y pienso, qué valor, un algarrobo frente a la posibilidad del cielo.

Qué valor, ofrecer tan poco.  

Story received, story included

“I’ve been rereading your story. I think it’s about me in a way that might not be flattering, but that’s okay. We dream and dream of being seen as we really are and then finally someone looks at us and sees us truly and we fail to measure up. Anyway: story received, story included. You looked at me long enough to see something mysterious under all the gruff and bluster. Thanks. Sometimes you get so close to someone you end up on the other side of them.”

Richard Siken

Irse de la fiesta

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“I applied for the University of Life. Didn’t get the grades.”
Starter for ten, David Nicholls.

Mi teléfono vibra. Es un mensaje de K. “Por fin, joder. Por fin alguien ha escrito este libro”. Sonrío. Estoy en un autobús, luce el sol. Intento imaginar a K. escribiéndome ese mensaje desde su casa, al norte de Londres, con su bebé recién nacido. Me pregunto si hoy en Kentish Town lucirá el sol. K. ha usado un “joder”, y durante un rato no puedo sobreponerme, porque K jamás suelta un taco, así que debe estar realmente emocionada tras haber leído Starter for ten, el libro que le recomendé la última vez que hablamos. Cuento los meses que hace que no nos vemos. La última vez fue durante unas jornadas que la trajeron a Barcelona. La vez anterior fue después de su boda. Recuerdo mi traje de dama de honor. Me río en voz alta y la señora mayor que hay en mi autobús me mira con curiosidad. Pienso en K y en si le parecería una señora típicamente catalana, y si mi amiga estuviera aquí, a la señora le parecería típicamente irlandesa.

Starter for ten es el libro que K y yo siempre quisimos leer, o más bien, el que siempre quisimos escribir. Narra la vida de Brian Jackson, un estudiante en una ciudad inglesa a mediados de los ochenta, en pleno thatcherismo. Evidentemente, se emborracha hasta perder el sentido todo el rato, no come nada que contenga vitaminas, se enamora de las personas inadecuadas y cree que va a tener la gran experiencia reveladora que le cambiará la vida en cuanto pise un aula. Es desternillante y avergonzante a la vez. Es desternillante porque realmente es gracioso: Brian intentando ser comunista pero no demasiado para molarle a Rebecca Epstein, Brian poniéndose exfoliante facial con olor a melocotón antes de una cita, Brian sufriendo, básicamente, sufriendo por todos nosotros. Y es avergonzante por TODO aquello que uno hizo que es exactamente igual a lo que hace Brian TODO EL RATO a lo largo de la novela. Porque es tan fácil reconocerse en Brian que David Nicholls, el autor, logra que parezca fácil haber escrito el libro. Y ahí está el truco: cuando algo parece tan fácil, es bueno.

Recuerdo haber hablado con el autor sobre lo que significó quedarse en la ciudad dónde estudió demasiado tiempo. “Es como quedarse en una fiesta cuando toda la gente que te interesaba ya se ha ido”, dijo.

Sí, pienso. Irse de una buena fiesta cuando está en su apogeo es memorable. Y ahí vuelven infinidad de bromas privadas que no tienen nada que ver con mi trayecto en autobús en una Barcelona soleada y le contesto a K.: “¡Qué bien que te guste!”, y dejo para otro día acordarme de verdad.

(para Katherine, Roberto, Simon, Peter, Cristina, Nina, Jeff, Angelina, Caroline, Magali y Dan).

Audio: The Everlasting