La foto

La niña ya habla. Hace tiempo que habla con esa voz de lata que tienen los niños. La miro acercarse como un pajarito y me acuerdo de cuando nació. Alguien hizo una foto con una cámara digital y aparecemos las dos. Yo la sostengo con las mangas de mi jersey azul, ella era tan pequeña.

La niña ya habla y me pide una foto. Nos hemos pintado los labios y quiere verse. Apunto el móvil hacia ella, hace click y se lo enseño. Ella examina su foto y se va, trotando despreocupadamente hacia otro lado.

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Teenage: la invención de la adolescencia

Jon_Savage-adolescentes_EDIIMA20131015_0634_13«¿Por qué no puedo salir cada noche si quiero? ¿Qué se supone que debo hacer, quedarme metida en casa, tirada en el sofá?». Esta frase no te la inventaste tú, sino tu abuela. O, posiblemente, tu bisabuela. Parece mentira, ¿eh? No solo la idea de que tu abuela fuera rebelde y contestataria, sino que su generación fuera la que acuñó todo aquello que creemos nos representa o nos representó en algún momento.

La juventud, la libertad y la rebeldía adolescente que solo te pertenece a ti es anterior a tu tiempo. Es tan anterior que tiene sus propias reglas, gestadas a finales del siglo XIX, y consolidadas a mitad del siglo XX, con la Segunda Guerra Mundial. Es decir: la adolescencia tiene su propia cronología, que puede recorrerse. La originalidad, la pureza de carácter, el odio a lo adulto…todo existe desde hace tiempo. Esta es la premisa de Teenage, el documental dirigido por Matt Wolf, que se presenta en el Festival In-Edit este mes, basado en el libro de Jon Savage del mismo nombre. Siguiendo los testimonios de diferentes adolescentes entre 1875 y 1945, recorre un lenguaje tan cercano que podemos establecer los puntos que hicieron que ese estado entre la infancia y la edad adulta acabara convirtiéndose en el motor generador de identidad más importante de nuestros tiempos.

1. El momento de tránsito como momento productivo: Lo difícil de la primera juventud aparece con la propia definición. ¿Qué es un adolescente? No es un niño ni se le trata como tal, pero tampoco es un adulto. ¿O sí? La historia ha enseñado como el cuerpo adolescente es problemático incluso para cercarlo a la producción. Con la Revolución Industrial, la popularización del trabajo infantil creó obreros adolescentes, con todos los deberes del trabajador y ninguno de sus derechos. Tras la prohibición del trabajo entre los menores, éstos fueron carne de ejército. Las guerras mundiales se nutrieron de menores de 22 años y para ellos hubo que crear un discurso convincente: el adolescente importa y puede cambiar el mundo. Este eslogan que a todos nos suena ya era popular a principios de siglo XX.

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La cosificación de la protesta

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«¿Te gusta la comida étnica? Conozco un restaurante escocés fabuloso». Es probable que los adolescentes Cameron Ford y Adam Welland no supieran de la anécdota retratada en la película Luna de Avellaneda, pero eso no les impidió emularla y acabar cenando en un Macdonald’s del municipio de Kingston (Londres). Pero no se trató de una visita normal de dos chavales a un fast food, no. Los chicos, que son pareja, quisieron tener una verdadera cita, así que después de ponerse sus mejores galas se presentaron dispuestos a pasar una velada romántica, para lo que llevaron sus propios manteles, cubiertos y velitas para la ocasión. A los responsables de ese Macdonalds no pareció hacerle ninguna gracia, por lo que les pidieron que abandonaran el local repetidas veces, aduciendo que era una burla y no estaban actuando responsablemente. Cuando los chicos se negaron a marcharse y anunciaron que sólo querían «traer un poco de clase al sitio», varios clientes les apoyaron, y acabaron su cena-happening con todo el ceremonial correspondiente. El evento quedó bien reflejado en sus cuentas de twitter y se convirtió en un fenómeno en las redes.

Lo que hicieron Ford y Welland es un caso más de los nuevos modelos de terrorismo cultural y recochineo ante la autoridad corporativa. En este caso, se trató de un «fast-food hacking», una protesta-espectáculo ante las políticas de las cadenas de comida basura. Sin adscripción ideológica concreta, una acción individual y única se diseminó inmediatamente por el poder subversivo de la imagen, independientemente del mensaje que realmente quisieran emitir los que urdieron la acción. En un acto así, el consumidor plantea una suerte de espejo paródico, que deja en evidencia prácticas dudosas, maneras de hacer poco claras o, simplemente, al status quo en sí.

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Se vende lo que sea, precio a convenir

« En su momento nos dio igual y ahora también
si no fuera porque han pasado los años
y ahora han puesto un Starbucks
y nos da tanta rabia que parece nostalgia«,
Astrud, Acordarnos.

Emprende. Escribe un best seller. Cambia de ciudad. Ve a correr. No leas tanto los periódicos. Motívate. Apúntate a clases de algo creativo. Cocina más. Invita a los amigos a vermú. Sal de casa. Cómprate un pintalabios. Aprende otro idioma. Esfuérzate más.

El viernes el alcalde de mi ciudad presentó un plan de patrocinio corporativo para la red de Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) a grandes empresarios. En esa reunión anunció que, por primera vez, también se pone a la venta el nombre de las estaciones del Metro.

No te comas la olla. De esta salimos todos exprimiéndonos más la mollera. Sonríe y el mundo sonreirá contigo. Vete a un spa. Cambia de perfume. Prueba el teatro aunque no te guste. Haz una excursión al campo. Cambia de amigos. Cambia de pareja. Cambia de peinado. Esfuérzate más.

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2010 18

Fotografía de Ren Hang

He releído tres veces en una semana el ensayo «Off the back of a truck» de Sloaney Crosley (en el libro «How did you get this number«, Ed. Portobello). Es emocionante.

«Knowing what you can afford is useful information, even if you don’t want it. It dawns on you that this is what’s in that last nesting doll that won’t open. Somewhere in the center of all that bargaining and investing and stealing is meaning and truth and the lessons you have always known. You hope so. Because without meaning, it was all just a bunch of somebody else’s stuff».

Una cita

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«A la cuarta generación de Ralston apenas le quedaban convicciones, salvo un exacerbado sentido del honor para cuestiones privadas y comerciales. Cada día juzgaban a la comunidad y al Estado según lo hiciesen los diarios que, por supuesto, desdeñaban. Los Ralston contribuyeron escasamente a forjar el destino de su país, aunque ayudaron a sufragar la Causa en los tiempos en que hacerlo no resultaba arriesgado. Estaban relacionados con muchos de los prohombres que habían levantado la República, pero ningún Ralston se había comprometido hasta el extremo de asemejarse a ellos (…). Y, pese a todo, a fuerza de ser tan numerosos y semejantes entre sí, habían llegado a tener peso en la comunidad».

Edith Wharton, La solterona. Traducción de Lale González-Cotta