E.T.E.R.

marikenFoto de Mariken Wessels

 

Hoy me han vuelto a parar por la calle. Ha sido un amigo tuyo, uno de esos que nos encontramos de vez en cuando en las azoteas de la ciudad. Me ha dicho que te habías ido hasta la montaña de Montjuich, a ver la ciudad desde arriba, y yo ya lo sabía, aunque tú no me lo hubieras dicho. Qué como lo sé, se preguntaba él. No se lo he dicho, pero tú también lo sabes, o deberías saberlo. Es por el éter.

Hace tiempo, en la librería cuando acababa de entrar a trabajar leí un libro que hablaba del éter, esa sustancia de la que tanto habían teorizado desde hace milenios. Los  científicos y astrólogos llevan investigándola desde siempre, creo que te lo conté. Sí, te lo conté el otro día pero fingiste no escucharme mucho. A veces creo que lo haces solamente para molestarme.

Para los griegos era el quinto elemento, aquel que junto a la tierra, el fuego, el aire y el agua formaba el mundo como lo conocemos. Mucho tiempo más tarde, en el siglo XIX lo identificaron como el material que conducía las ondas de la luz, ya que ésta no podía propagarse por  el vacío, así que debía ser el éter lo que la transmitía. Esa teoría fue refutada en 1887. Te lo conté, pero me interrumpiste porque no querías que te lo contara, creo. Lo que te quería decir ese día es que yo no creo que la refutación de esa teoría haya sido posible.

Porque me han vuelto a confundir contigo. Tu amigo, ese amigo común que tenemos, en realidad. Lo sé, te dará la risa, pero ha sido así. Me ha contado que estás Montjuich después de confundirme contigo. Te parecerá extrañísimo pero ha sucedido como te lo cuento. Nos hemos encontrado y se ha acercado a mí, solícito, para pedirme un favor y se ha puesto a hablar y te estaba hablando a ti, no a mí. Me he dado cuenta en seguida, él ha tardado un poco más. Ha soltado una buena perorata antes de darse cuenta de que yo no era tú, que en realidad yo era yo. Cuando se ha dado cuenta ha sido como si un rayo le atravesara y le pusiera recto, de los tobillos a la coronilla. Creo que se ha sorprendido tanto que ha tenido que seguir hablando, cambiando el tono, fingiendo que no pasaba nada, y entonces me ha contado, como disculpándose, que habíais hablado antes y que tú habías decidido subir hasta arriba de todo de la montaña, dónde yo sé que está esa higuera. Tú también lo sabes, hace un tiempo fuimos juntos, ¿te acuerdas? Me echaste en el suelo y yo comí higos, sabiendo que me sentarían mal. Higos verdes.

No me ha importado que hayas preferido volver solo, y no conmigo. Me hubiera gustado que me llevaras otra vez ahí, dónde la higuera embarrada, sentir mi espalda contra el tronco, pero has ido tú solo y no me ha importado, porque yo ya lo sabía, por el éter y la sangre.

Nos confunden por la sangre, a ti también te pasa, ¿verdad?. Nos confunden por las extremidades largas, el pelo color ratón y el gesto antiguo, yo lo sé. Creen que somos vampiros, y ay qué risa, no entienden que nosotros somos los buenos, somos los buenísimos. Yo sé que tú pareces un vampiro, claro. Solamente hay que verte la cara en las fotos y en los reflejos. Caminas raro, como si bailaras un swing perpetuo, y jamás te he visto comer. Todo el mundo piensa que lo eres y no me extraña.

Y yo, bueno, a veces miro hacia arriba y me pierdo y me depuro, como iluminada ascética. A veces miro hacia arriba y lo veo todo con palabras y podría tocar las superficies de los exoplanetas. Y no como y no sudo nada, nada de nada.

En realidad lo que no saben, pobres atontados, es que los vampiros parecen normales. Visten camisolas de seda gris, pantalones de pinza y comen arroz a banda en verano. Viajan a ciudades cosmopolitas, y contemplan las puestas de sol, llorosos y enamoradizos. La verdadera diferencia es que no son autosuficientes. No se bastan de su propia vida, necesitan la de otros. ¿Has visto alguna vez los árboles a la vera del río? Están todos ahí, en fila. Los chopos necesitan del río. Bueno, pues ellos son iguales.  Vagan con sus libros, sus películas, sus nuevas teorías que se coman las del año pasado. Ahí van, devorando, y se creen seguros, frivolizando el amor que no dura -solo porque no dura, estúpidos-, el beso entregado, y los higos que nos comimos, cuando aún comíamos.

A veces pienso que tú también eres uno de ellos.

Nos confunden por la sangre, y por el éter. Todos esos científicos, todos esos teóricos se equivocaban al pensar que era un material ligero, más ligero que el aire. En realidad es viscoso y transparente, como un líquido amniótico y solo puede verse cuando se está como estamos tú y yo. Yo sabía dónde estabas esta mañana antes de que me lo dijeran porque el éter nos comunica. Como cuando estás bajo el agua y oyes sonidos extraños, o al despertarte de esa pesadilla oyendo voces, yo te oigo respirar, te oigo pensar, te noto todos los días, sé lo que vas a decir antes de que hables. Hoy era un día demasiado luminoso para que te quedaras en casa, no has podido soportar tanta quietud y te has echado a la calle. ¿Lo ves?  Yo ya lo sabía.

Por eso no duermo. Desde el éter, ya no duermo.

Gracias al éter y a la sangre, impoluta. Impolutos, tú y yo, como hermanos. Blancos y suaves como las teclas de un piano.